El arte contemporáneo entre la experiencia, lo antivisual y lo siniestro. Por Miguel Á. Hernández-Navarro
Una de las ideas esenciales del Voto de Castidad del manifiesto Dogma95, enunciado por Lars von Trier y Thomas Vinterberg,era una “regreso a la realidad” que sacara al cine de las convenciones a las que habia llegado el oficio, en una especie de vuelta de tuerca al cinema-verite de los sesenta: “queremos la verdad, queremos fascinación y sensaciones puras e infantiles, como las que uno experimenta en cualquier arte verdadero”. Si se observan las prácticas artÌsticas contemporneas prefiero no citar nombres porque cualquier nómina de artistas sería ridícula e incompleta, la emergencia del documentalismo, la acción política, las estéticas relacionales, la atención al contexto específico, en definitiva, el alejamiento de la ilusión, podríamos afirmar sin ningún tipo de complejos que nos encontramos en la era de un art-verité. Un arte de la realidad que pretende alejarse del mundo del arte para acercarse al mundo real, al espectador real, un arte de la vida cotidiana que se eleva sobre el mandato de la experiencia y el acercamiento a las cosas mismas. Un arte realmente que, si volvemos a la concepción benjaminiana del aura como aquello que alejaba lo cercano, deberíamos calificar de postaurtico en todo su sentido. El fin de la representación, del alejamiento; el inicio de una nueva era de lo cercano, la era de la presencia real. Un momento que contrastaría con el pretendido fin de la realidad predicado por las estéticas posmodernas.
Puedes ver el texto completo en revistasculturales.com
deja un comentario